
Dr. Thomas P. Owens
Durante los últimos lustros se ha desencadenado un inusitado interés popular y médico sobre el tema de la sexualidad humana, la educación sexual, el desarrollo de la sexualidad y temas afines.
Como causales de este renovado interés se han considerado la proliferación de los medios de comunicación, el auge del cine y la televisión modernos, la ruptura de tabús, el desarrollo del movimiento de liberación femenina, el interés por la exploración de campos nuevos que rompan con lo tradicional y estereotipado y la academización y cientifismo que se introduce en la investigación de las ciencias del comportamiento y lo relacionado con los aspectos íntimos del ser humano.
El paciente y el público en general cada día están mejor ilustrados, leen más, reciben más información popularizada y a su vez exigen más y mejor información de su médico de confianza, su médico de cabecera o médico familiar. El médico es quien debe ser el personaje central en la educación del paciente y la orientación del mismo en el campo de la sexualidad humana. El es quien posee los conocimientos básicos de anatomofisiología, de bioquímica y de clínica del aparato sexual lo mismo que los conocimientos de ciencias de la conducta.
Además, debe estar en capacidad mejor de hilvanar estos conocimientos y destrezas en todo para brindar apoyo y comprensión, lo mismo que tratamiento general y farmacológico al necesitado.
Cada día se enfrenta más el médico familiar al paciente, la pareja o la familia con necesidad de consejería cuando antes solían buscar a la abuela, al sacerdote o al amigo confidente. Lo que antes era escondido o tabú se está tornando vox populi y el médico debe prepararse para enfrentar este reto de la nueva sexualidad.
La proliferación del imperio de Hefner con su Playboy y de otras publicaciones como Penthouse, cargadas de información de orden sexual, ha sobrepasado sus fronteras para hacerse de uso casi obligante por los estudiosos científicos del tema. Ya nosotros mencionamos que Bumap en el año 1967 (1) confeccionó un estudio donde comprobó cómo el médico poco informado sobre el tema de sexualidad soslaya el diagnóstico de disfunción sexual y no suele preguntar a su paciente sobre el particular.
De los médicos interesados en el tema, la respuesta positiva de pacientes interrogados sobre problema sexual fue de cincuenta por ciento (50%) del total de pacientes, número elevado si se toma en conjunto corno índice de morbilidad. Además, con frecuencia el médico se encuentra algo incómodo con el tema de sexualidad y puede indagar al paciente en forma erótica, solapada o inadecuada, como sería con uso de terminología esotérica o en forma ambigua con terminología como: “¿y, cómo anda el asunto sexual?” que no significa nada para el paciente o más bien lo confunde.
Todavía el patrón cultural nuestro en lo referente al sexo reside en lo tradicional y conservador, muy particularmente en el sexo en el anciano o el sujeto que envejece. El viejo en nuestra cultura es considerado no-educable, poco brillante, débil y asexuado y él mismo, presionado por estas creencias, adopta un papel sumiso y de aceptación pasiva de tales circunstancias.
Los términos “viejo verde” y “viejo sucio” dados el geronte que muestre algún interés sexual es clara evidencia de la actitud del medio en el cual nos agitamos. Salvo la terminación de la fertilidad en la mujer al producirse la menopausia, realmente los cambios en el orden sexual son mínimos y paulatinos a medida que pasan los años (2).
La visión folklórica de una tercera celad impotente, asexual, disfuncional es solamente la expresión de una profecía impuesta y autoimpuesta por factores psicosociales y de tradición. Los ancianos siempre han participado en forma activa en la vida sexual pero no es sino durante las últimas décadas que se hace esto materia de estudio y sale de los recintos íntimos.
Los ancianos se esfuerzan por presentar un nuevo frente de minorías en su lucha por 78 reivindicaciones. Los “Gray Panthers” ya han tornado la bandera que hace del sexo algo natural, agradable, sano y satisfactorio a toda edad.
Binet, como buen francés, en su obra sobre gerontología, colorea los temas de sexualidad en el primer capítulo y recalca el interés del anciano en mantener su juventud sexual (3). Revela que en la ciudad de París todos los años da a luz una mujer mayor de los cincuenta años cuyo marido tiene más de sesenta años de edad. Mientras los andrógenos descienden lentamente en el hombre hasta los sesenta años, persiste la producción normal de estrógenos, casi en forma homogénea, según los estudios de Pincus.
Si se toma en consideración la teoría del envejecimiento de Brown-Sequard, el estímulo persistente a los centros nerviosos por una actividad sexual testicular favorecería el mantenimiento de la virilidad por un mecanismo tipo retroalimentación.
El creer en los mitos sobre el sexo y el envejecimiento puede hacer que estos mitos se hagan realidad, dice Calderone (4).
Quien haya tenido una vida llena con actividad sexual regular y placentera sufrirá cruelmente la deprivación sexual pero si existe la creencia de que hay algo “malo” o “sucio” o “pecaminoso” en el sexo y los deseos deben ser sublimados, entonces quizá quienes sugieren esto son sujetos de poca libido y además, con tabús sexuales y frustraciones inhibidas.
El envejecimiento, no hay duda, induce a algunos cambios en el comportamiento sexual, cambios particularmente notorios en el hombre, pero son modificaciones no-sustanciales sino de grado, así como suceden en otras esferas: menor interés por los dulces, menor aprecio por la música ruidosa, menos movimiento, cambios en el sueño, modificaciones en ciertos hábitos y otras. Si el individuo está sano en el aspecto orgánico y psíquico la capacidad sexual será función de toda la vida. El amor, el cariño, el acercamiento, las caricias, el aprecio, el apego, el romanticismo, el aprecio por el cuerpo del sexo opuesto son factores de toda la existencia, no de una etapa.
Comtort dice que el anciano deja el sexo por las mismas razones que le inducen a no montar una bicicleta: por en enfermedad seria que se lo impide, por no parecer ridículo a los ojos de la sociedad, o porque no tiene bicicleta.
Si no se acepta al anciano como ser sexuado no se imagina uno hacerle preguntas sobre comportamiento sexual y mucho menos incluir en el expediente clínico una hoja de historia sexual.
La tradición y el folklore han hecho que el anciano mantenga escondida su vida sexual pero ésta siempre ha sido activa. Pearl en 1930 enunció que en una encuesta realizada se halló que 9% de los individuos de entre 70 y 79 años de edad tenían coito cada semana y hasta un 4% lo hacían cada tercer día.
Finkle y su grupo en 1959 encuestaron a sujetos de más de 80 años de edad y dos de cada cinco indicaron que promediaban diez cópulas por año. Y en los mayores de 70 años la razón principal que se adujo por ausencia de vida sexual fue la de “falta de deseo” aunque muchos tenían potencia con erección adecuada pero había falta de pareja.
Newman, en 1960, encontró que entre hombres y mujeres de 60 a 93 años un 54% era sexualmente activo y en los casos en que descendía la actividad sexual casi constantemente el causante era enfermedad orgánica importante del individuo o el cónyuge.
Pfeiffer y el grupo de Duke hicieron un estudio detallado en ancianos de ambos sexos encontrando que solía detenerse la vida sexual activa a los 68 años en el varón y a los 60 años en la mujer debido al hecho del diferencial de edad en los matrimonios. Pero la actividad coital regular existía en 47% de los encuestados entre los 60 y 71 años y en el 15% de los mayores de 78 años.
Estos individuos se siguieron durante cinco años y, curiosamente, en un 14% de los casos se informó un incremento en la actividad sexual. La variación en los hábitos sexuales es amplísima. Existen parejas de toda edad con coito y vida sexual cotidiana o semanal y al otro extremo parejas sanas, con gran apego mutuo, con actividad sexual ocasional o con prolongados intervalos de quiescencia.
Lo que sí se ha comprobado, y así se confirma un postulado de Kinsey, es que quienes inician su vida sexual activa tempranamente la continúan por largo plazo, cosa opuesta a la creencia popular que sugería que se “desgastaba” quien se iniciaba muy joven. Lo mismo sucede con la frecuencia del coito o la masturbación: parece no existir correlación entre el desgaste físico o el envejecimiento y la frecuencia de actividad sexual.
Sí parece suceder que quien pasa largos períodos de abstinencia, particularmente en décadas después de los cuarenta, le resulta más difícil reiniciar su vida sexual normal, pero la mayor parte de las encuestas indican que esto se resuelve a satisfacción con el tiempo y con el estímulo adecuado.